Señor cardenal,
queridos hermanos y hermanas:
1. En las Palabras del Evangelio que hemos proclamado, Cristo mismo pone
en evidencia a la vez la dignidad y la responsabilidad del cristiano.
Cuando el Señor exclama: “Vosotros sois la sal de la tierra”, subraya al
mismo tiempo que la sal no debe perder su sabor si tiene que ser útil para
el hombre. Y cuando afirma: “Vosotros sois la luz del mundo”, plantea como
consecuencia la necesidad de que esta luz “alumbre a todos los de casa”. Y
todavía insiste a continuación: “Así ha de lucir vuestra luz ante los
hombres, para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro
Padre, que está en los cielos”.
Es difícil encontrar una metáfora evangélica más adecuada y bella para
expresar la dignidad del discípulo de Cristo y su consecuente
responsabilidad. El mismo Concilio Vaticano II se ha inspirado en este
texto evangélico, al hablar del apostolado de los seglares; es decir, de
su misión con la que participan en la vida de la Iglesia y en el servicio
a la sociedad.
¡Vosotros sois la sal de la tierra!
¡Vosotros sois la luz del mundo!
“La vocación cristiana es, por su naturaleza misma vocación al
apostolado”.
2. A la luz de esta dignidad y responsabilidad, proclamada por el
Evangelio y el Magisterio de la Iglesia, deseo saludar a todos los
representantes del laicado de España y dirigirles desde esta histórica
sede primada de Toledo un mensaje que ilumines los caminos del apostolado
seglar en esta hora de gracia.
Saludo, ante todo, al señor cardenal arzobispo de esta diócesis, así como
a los Pastores y a todo el Pueblo de Dios de Toledo y de su provincia
eclesiástica aquí presentes.
La sede de Toledo es lugar propicio para este encuentro, por estar
íntimamente vinculada a momentos importantes de la fe y de la cultura de
la Iglesia en España. No podemos olvidar los Concilios Toledanos que
supieron encontrar fórmulas adecuadas para la profesión de la fe cristiana
en sus fundamentales contenidos trinitarios y cristológicos.
Toledo fue un centro de diálogo y de convivencia entre gentes de raza y
religión distintas. Fue también encrucijada de culturas que desbordaron
las fronteras de España, para influir poderosamente en la cultura del
Occidente europeo. Es ciudad de gran tradición cristiana, reflejada en sus
monumentos artísticos y en la expresión pictórica de artistas de talla
universal como el Greco.
Estos valores tradicionales siguen influyendo positivamente en la vida del
pueblo toledano, que mantiene el recuerdo de sus grandes pastores
medievales como San Eugenio y San Ildefonso. Es la memoria de una
tradición que se alarga a través de muchas generaciones de cristianos que
se han extendido por todo el país, y han participado en generosos
movimientos misioneros en otros continentes.
Al respecto, no puedo dejar de saludar aquí, en esta ciudad imperial, a su
ilustre comunidad mozárabe, heredera de los heroicos cristianos de hace
siglos y cuyos feligreses mantienen vivo, bajo la directa responsabilidad
del señor cardenal primado, el patrimonio espiritual de su venerable
liturgia, de gran riqueza teológica y pastoral, sin olvidar que en la
liturgia posconciliar el canto del Padrenuestro en toda España es
precisamente el de la liturgia mozárabe.
3. Desde esa viva tradición que alimenta vuestra fe e impulsa vuestra
responsabilidad de cristianos, volvemos a las fuentes de la Palabra
proclamada en esta celebración. Es el mismo Apóstol de las gentes quien
nos habla para enseñarnos lo que significa ser apóstoles de Cristo; nos
interpela para indicarnos lo que exige la participación en la misión de la
Iglesia.
Pablo enseña con un vigor especial que somos testigos de Dios en
Jesucristo, y éste “crucificado”.
Quien lo reconoce y confiesa como Señor está bajo la manifestación y el
poder del Espíritu.
Todos los cristianos están llamados a renovar constantemente su profesión
de fe, con la palabra y con la vida, como una adhesión plena a Jesucristo,
el Hijo de Dios hecho hombre, crucificado para nuestra salvación y
resucitado por el poder de Dios.
Tal es la “sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios
antes de los siglos para nuestra gloria”. Este es el núcleo fundamental
del Evangelio que Cristo ha confiado a su Iglesia y que ésta transmite en
la viva tradición y enseña en el magisterio de la sucesión apostólica,
enriqueciendo así el patrimonio del Pueblo de Dios que posee el “sentido
de la fe”, bajo la asistencia solícita del Espíritu Santo.
Aquí radica el centro del anuncio y testimonio de la fe cristiana. Por
eso, la primera actitud del testigo de la fe es profesar esa misma fe que
predica, dejándose convertir dócilmente por el Espíritu de Dios y
conformando su vida a esa Sabiduría divina.
4. En cuanto testigos de Dios, no somos propietarios discrecionales del
anuncio que recibimos; somos responsables de un don que hay que transmitir
con fidelidad. Con el temor y temblor de la propia fragilidad, el apóstol
confía en “la manifestación del Espíritu”, en la fuerza persuasiva del
“poder de Dios”.
No se trata de amoldar el Evangelio a la sabiduría del mundo. Con palabras
que podrían traducir la experiencia de Pablo, hoy se podría afirmar: no
son los análisis de la realidad, o el uso de las ciencias sociales, o el
manejo de la estadística, o la perfección de métodos y técnicas
organizativas —medios útiles e instrumentos valiosos a veces— los que
determinarán los contenidos del Evangelio recibido y profesado. Y tanto
menos será la connivencia con ideologías seculares la que abra los
corazones al anuncio de la salvación. Como tampoco deberá dejarse seducir
el apóstol por la pretendida sabiduría de “los príncipes de este siglo”,
cifrada en el poder, en la riqueza y en el placer, que al proponer el
espejismo de una felicidad humana, de hecho aboca, a los que sucumben a su
culto, a una total destrucción.
¡Sólo Cristo! Lo proclamamos agradecidos y maravillados. En El está ya la
plenitud de lo que “Dios ha preparado para los que le aman”. Es el anuncio
que la Iglesia confía a todos los que están llamados a proclamar,
celebrar, comunicar y vivir el Amor infinito de la Sabiduría divina. Es
ésta la ciencia sublime que preserva el sabor de la sal para que no se
vuelva insípida, que alimenta la luz de la lámpara para que alumbre lo más
profundo del corazón humano y guíe sus secretas aspiraciones, sus
búsquedas y esperanzas.
5. El Papa exhorta a todos los seglares a asumir con coherencia y vigor su
dignidad y responsabilidad. ¡El Papa confía en los seglares españoles y
espera grandes cosas de todos ellos para gloria de Dios y para el servicio
del hombre! Sí, como he recordado ya, la vocación cristiana es
esencialmente apostólica; sólo en esta dimensión de servicio al Evangelio,
el cristiano encontrará la plenitud de su dignidad y responsabilidad.
En efecto, los laicos “incorporados a Cristo por el bautismo, integrados
en el Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función
sacerdotal, profética y real de Cristo” están llamados a la santidad y son
enviados a anunciar y realizar el reino de Cristo hasta que El vuelva.
Si queréis ser fieles a esa dignidad, no es suficiente acoger pasivamente
las riquezas de fe que os han legado vuestra tradición y vuestra cultura.
Se os confía un tesoro, se os otorgan talentos que han de ser asumidos con
responsabilidad para que fructifiquen con abundancia.
La gracia del bautismo y de la confirmación que la Eucaristía renueva y la
penitencia restaura, posee vivas energías para revitalizar la fe y para
orientar, con el dinamismo creador del Espíritu Santo, la actividad de los
miembros del Cuerpo místico. También los seglares están llamados a ese
crecimiento espiritual interior que conduce a la santidad, y a esa entrega
apostólica creadora, que los hace colaboradores del Espíritu Santo, el
cual con sus dones renueva, rejuvenece y leva a perfección la obra de
Cristo.
6. ¿Será necesario confirmar, una vez más, que el crecimiento en la
afirmación de la identidad cristiana del seglar no menoscaba o limita sus
posibilidades; antes bien define, alimenta y potencia esa presencia y esa
actividad específica y original que la Iglesia confía a sus hijos en los
diversos campos de la actividad personal, profesional, social?
El mismo Evangelio nos apremia a compartir toda situación y condición del
hombre, con un amor apasionado por todo lo que concierne a su dignidad y
sus derechos, fundados en su condición de criatura de Dios, “hecho a su
imagen y semejanza”, partícipe por la gracia de Cristo de la filiación
divina.
El Concilio Vaticano II subrayó justamente que la tarea primordial de los
seglares católicos es la de impregnar y transformar todo el tejido de la
convivencia humana con los valores del Evangelio, con el anuncio de una
antropología cristiana que de estos valores deriva.
Pablo VI, en su exhortación apostólica “Evangelii Nuntiandi”, especifica
así los campos del apostolado seglar: “El camino propio de su actividad
evangelizadora es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social,
de la economía, pero también de la cultura, de las ciencias, de las artes,
de la vida internacional, de los medios de comunicación social, así como
otras realidades abiertas a la evangelización, como el amor, la familia,
la educación de los niños y jóvenes, el trabajo profesional, el
sufrimiento...”. No hay actividad humana alguna que sea ajena a la
solidaria tarea evangelizadora de los laicos.
7. De entre los cometidos más apremiantes del apostolado de los seglares
quiero resaltar algunos de mayor importancia.
Pienso concretamente en el testimonio de vida y en el esfuerzo
evangelizador que requiere la familia cristiana; que los cónyuges
cristianos vivan el sacramento del matrimonio como una participación de la
unión fecunda e indisoluble entre Cristo y la Iglesia; que sean los
fundadores y animadores de la iglesia doméstica, la familia, con el
compromiso de una educación integral ética y religiosa de sus hijos; que
abran a los jóvenes los horizontes de las diversas vocaciones cristianas,
como un desafío de plenitud a las alternativas del consumismo hedonista o
del materialismo ateo.
Dirijo mi mirada al vasto campo del apostolado laical en el mundo del
trabajo, sacudido por fuertes crisis y movido noblemente por aspiraciones
de dignidad, de solidaridad, de fraternidad, que están llamadas, desde sus
innegables y tal vez inconscientes raíces cristianas, a dar frutos de
justicia y de desarrollo auténticamente humanos.
Veo también abierto al laico católico el campo de la política, en el que
con frecuencia se toman las decisiones más delicadas que afectan a los
problemas de la vida, de la educación, de la economía; y por lo tanto, de
la dignidad y de los derechos del hombre, de la justicia y de la
convivencia pacífica en la sociedad. El cristiano sabe que desde las
enseñanzas luminosas de la Iglesia, y sin necesidad de seguir una fórmula
política unívoca o partidista, debe contribuir a la formación de una
sociedad más digna y respetuosa de los derechos humanos, asentada en los
principios de justicia y de paz.
Pienso, finalmente, en el mundo de la cultura. Los laicos católicos, en
sus tareas de intelectuales y de científicos, de educadores y de artistas,
están llamados a crear de nuevo, desde la inmensa riqueza cultural de los
pueblos de España, una auténtica cultura de la verdad y del bien, de la
belleza y del progreso, que pueda contribuir al diálogo fecundo entre
ciencia y fe, cultura cristiana y civilización universal.
8. Ningún cristiano está exento de su responsabilidad evangelizadora.
Ninguno puede ser sustituido en las exigencias de su apostolado personal.
Cada laico tiene un campo de apostolado en su experiencia personal.
El Concilio Vaticano II ha recomendado vivamente las formas asociadas del
apostolado seglar.
El apostolado asociado resulta fundamental para coagular y desplegar todas
las energías insitas en la vocación cristiana, para despertar y fortalecer
la presencia y el testimonio de la vida cristiana en los diversos espacios
y ambientes de la sociedad. A este apostolado asociado le incumbe la
sensibilización y educación de todas esas energías vitales, ricas de fe y
religiosidad, que están en el alma y en la cultura de vuestro pueblo.
Sé que se han ido superando entre vosotros situaciones críticas de
identidad asociativa. Ha llegado la hora de superar definitivamente esas
situaciones con un análisis lúcido que permita conocer las causas, y sobre
todo rechazar los errores que se hayan podido infiltrar entre nosotros.
Pienso, sin embargo, que son mucho más fuertes las fidelidades y renovados
entusiasmos cristianos de vuestras asociaciones, que el Papa quiere
alentar hoy con su presencia, con su afecto y con su oración.
9. Numerosos y varios son los grupos que hoy estáis aquí presentes, signo
de la vitalidad y fecundidad de la fe de esta tierra de España. Está
presente la Acción Católica en sus varias expresiones; están representados
los movimientos de espiritualidad, las agrupaciones familiares, los grupos
juveniles... Un vasto panorama que enriquece la vitalidad del Cuerpo de
Cristo. Saludo a todos y a cada uno de los movimientos y asociaciones aquí
representados. Y ante la imposibilidad de decir una palabra específica
para cada uno, quiero ofreceros unas reflexiones centradas sobre lo que os
caracteriza y a la vez os une: vuestra eclesialidad.
¡Sois Iglesia! De esa nota fundamental brotan las características de una
vida, de un amor, de un servicio y de una presencia que tienen que ser
auténticamente eclesiales. De ahí la necesidad de una comunión sin fisuras
con la de la Iglesia, de una vida nutrida en las fuentes de los
sacramentos, de una obediencia impregnada de amor y responsabilidad hacia
los pastores de la Iglesia.
¡Sois Iglesia! Debéis demostrarlo también en una abierta comunión y
colaboración entre vuestros diversos carismas, apostolados y servicios,
promoviendo vuestra integración en las Iglesias particulares y en las
comunidades parroquiales, donde se reúne y congrega visiblemente la
familia de Dios.
Los sacerdotes a quienes se encomienda la tarea de animación espiritual de
los grupos y movimientos, deben ser en medio de vosotros esa garantía de
eclesialidad y de comunión. A vosotros, consiliarios y asistentes del
apostolado laical, queridísimos sacerdotes que trabajáis en fraterna
comunión con los seglares, os digo: Sentíos plenamente identificados con
la asociación o grupo que se os ha encomendado; participad en sus afanes y
preocupaciones; sed signo de unidad y de comunión eclesial, educadores de
la fe, animadores del auténtico espíritu apostólico y misionero de la
Iglesia.
10. Quiero terminar con una recomendación especial que confío al corazón
cristiano de todos los seglares de España.
No existe, no puede existir apostolado alguno (tanto para los sacerdotes
como para los seglares) sin la vida interior, sin la oración, sin una
perseverante aspiración a la santidad. Esta santidad, en las palabras que
hemos proclamado en esta celebración, es el don de la Sabiduría, que para
el cristiano es una particular actuación del Espíritu Santo recibido en el
bautismo y en la confirmación: “Concédame Dios hablar juiciosamente y
pensar dignamente de los dones recibidos, porque El es el guía de la
sabiduría y el que corrige a los sabios. Porque en sus manos estamos
nosotros y nuestras palabras y toda la prudencia y la pericia de nuestras
obras”.
¡Estáis llamados todos a la santidad! Así como florecieron magníficos
testimonios de santidad en la España del Siglo de Oro por la reforma
católica y el Concilio de Trento, florezcan ahora, en la época de la
renovación eclesial del Vaticano II, nuevos testimonios de santidad,
especialmente entre los seglares de España.
¡Necesitáis la abundancia del Espíritu Santo para realizar con su
sabiduría la tarea nueva y original del apostolado laical! Por eso, debéis
estar unidos a Cristo, para participar de su función sacerdotal, profética
y real, en las difíciles y maravillosas circunstancias de la Iglesia y del
mundo de hoy.
11. Sí. ¡Debemos estar en sus manos, para poder realizar la propia
vocación cristiana!
¡En sus manos para llevar a todos a Dios!
¡En manos de la Sabiduría eterna para participar fructuosamente de la
misión del mismo Cristo!
¡En las manos de Dios para construir su reino en las realidades temporales
de este mundo!
Queridos hermanos y hermanas:
Pido hoy al Señor, para todos vosotros, para todos los seglares, una
santidad que florezca en un apostolado original y creador, impregnado de
sabiduría divina.
Lo imploro por la intercesión de la Virgen, Nuestra Señora, que aquí en
Toledo tiene, entre otras advocaciones, el hermoso título evangélico de la
Paz, para que seáis en el mundo constructores de la paz de Cristo.
Con El os recuerdo vuestra dignidad y responsabilidad:
¡Vosotros sois la sal de la tierra!
¡Vosotros sois la luz del mundo!
Antes de terminar mis palabras, quiero invitaros a elevar nuestra oración
por la última víctima y por todas las víctimas del terrorismo en España,
para que la nación, que se siente herida en sus profundas aspiraciones de
paz y concordia, obtenga del Señor verse libre del doloroso fenómeno del
terrorismo, y todos comprendan que la violencia no es camino de solución a
los problemas humanos, además de ser siempre anticristiana. Amén.
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