HOMILÍA EN LA MISA DE ACCIÓN DE GRACIAS EN EL
25º ANIVERSARIO DE LA VISITA DE JUAN PABLO II A TOLEDO

Cardenal D. Antonio Cañizares Llovera, Arzobispo de Toledo

9 de noviembre de 2007
 Parroquia «Santa María de Benquerencia»

 

          Querido hermano obispo, D. Carmelo, sacerdotes y diáconos, religiosos y religiosas, consagrados y consagradas, seminaristas, queridos hermanos y hermanas, fieles cristianos laicos, familias, asociaciones de apostolado seglar, jóvenes: En el mismo barrio del polígono donde el Papa Juan Pablo II, hace 25 años, celebró la Eucaristía, acompañado de más de 300.000 personas, el día de su onomástica, esta tarde nos reunimos con los mismos ánimos y sentimientos de fe de entonces, y con los mismos deseos que el siempre querido Juan Pablo II reavivó en nosotros.

          Había madrugado mucho aquella mañana de noviembre. Venía ya de Guadalupe, como peregrino humilde de Nuestra Señora, Reina de la Hispanidad. Identificado con los gozos y esperanzas, dolores y sufrimientos de los hombres, centró su mensaje en los problemas de la emigración. Nada humano le era ajeno a aquel gran Papa, que como “testigo de esperanza” venía a nosotros en el Nombre del Señor. Tan nada humano le era extraño que, informado durante el  viaje a Toledo de un nuevo atentado terrorista de ETA aquella misma mañana, añadió a su homilía en las calles del barrio en el que estamos, estas palabras improvisadas, pero firmes y estremecedoras: “Quiero invitaros a elevar vuestra oración por la última víctima y por todas las víctimas del terrorismo en España. Y para que la nación que siente herida en sus profundas aspiraciones de paz y concordia, obtenga del Señor verse libre del doloroso fenómeno del terrorismo. Y todos comprendan que la violencia no es el camino de la solución. No es camino de solución a los problemas humanos, además de ser siempre ¡anticristiana!”. Por ser anticristiana aquella violencia terrorista, a la que en aquella hora se refería  el Papa,  –añadimos– nunca es justificable por nada ni equiparable sin más a cualquier otra cosa.

          Muchos de vosotros recordáis perfecta y emocionadamente aquel día. El querido siempre y recordado, ¡cómo no!, Padre y Pastor de esta diócesis, D. Marcelo, le saludó en nombre de todos diciéndole: “Toledo os recibe con lo mejor de su alma y su corazón. Esta es la Diócesis Primada de España, lo cual no significa más que la proclamación gozosa de nuestra estrecha relación con Roma. Aquí se forjó la unidad católica de nuestra patria española. Es la ciudad de los Concilios que tanto influyeron en la cristiandad de Occidente. Desde aquí a lo largo de los siglos se han prestado eminentes servicios a la fe católica y a la Iglesia”. Con lo mejor del alma y el corazón de Toledo, que es su fe y comunión con Pedro , su servicio a la fe, se reúne en esta tarde Toledo, con el recuerdo agradecido hacia aquel Pastor conforme al corazón de Dios, querido por todo el mundo, y con su mirada puesta en Jesucristo crucificado, esperanza única para todas las gentes, verdadera sabiduría de Dios, preferible a todas las riquezas y bienes del mundo. 

          Hemos proclamado y escuchado las mismas lecturas de la Palabra de Dios que aquella inolvidable Misa del 4 de noviembre en Benquerencia, de Toledo. Y son las mismas palabras de Juan Pablo II las que las comentan para nosotros en esta tarde-noche. “En las palabras del Evangelio, dijo, que hemos proclamado, Cristo mismo pone en evidencia a la vez la dignidad y la responsabilidad del cristiano. Cuando el Señor exclama ´Vosotros sois la sal de la tierra´, subraya al mismo tiempo que la sal no puede perder su sabor si tiene que ser útil para el hombre. Y cuando afirma: ´Vosotros sois la luz del mundo´, plantea como consecuencia la necesidad de que esta luz `alumbre a todos los de casa´.  Y todavía insiste a continuación: así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, para que viviendo vuestras buenas obras,  glorifiquen a vuestro padre, que está en los cielos”.

          Y añadía: “Es difícil encontrar una metáfora evangélica más adecuada y bella para expresar la dignidad del discípulo de Cristo y su consecuente responsabilidad. El mismo Concilio Vaticano II se ha inspirado en este texto evangélico, al hablar del apostolado de los seglares; es decir de su misión con la que participan en la vida de la Iglesia y en el servicio a la sociedad (cfr. AA 6). ¡Vosotros sois la sal de la tierra! ¡Vosotros sois la luz del mundo! La vocación cristiana es, por su naturaleza misma, vocación al apostolado (AA 2)”.

          Por el Bautismo somos luz, por el Bautismo hemos encontrado y recibido la verdadera sabiduría que da sabor a todas las cosas. No es un imperativo.  Es nuestra identidad más propia. Somos luz y lo propio de la luz es iluminar con todo lo que es y hace; somos sal y, como este condimento, lo nuestro es sazonar en todo y con todo nuestro mundo con la sabiduría de Jesucristo, la sabiduría de la Cruz que da un sabor nuevo a todo y preserva de toda corrupción. Si no fuese así, dejaríamos de ser lo que somos y no valdríamos para nada, seríamos unos despreciables elementos. Por el Bautismo hemos sido incorporados a Cristo que ha venido como luz para los hombres y como sabiduría y verdad que con su inserción en la historia humana da un sabor nuevo a la vida con el amor, con la presencia entre nosotros del Reino de Dios, del Dios mismo que es Amor. Luz y sal de la tierra para evangelizar, dicha e identidad más profunda de la Iglesia, la santa madre Iglesia en la que hemos sido engendrados para una vida nueva de hijos de Dios, testigos de Cristo, llamados a la santidad que alumbra a todos los hombres con un esplendor nuevo, el de la verdad que se realiza en el amor. 

          Desde esta Sede de Toledo, “lugar íntimamente vinculado a momentos importantes de la fe y de la cultura de la Iglesia en España”, “centro de diálogo y de convivencia entre las gentes de razas y religión distintas”, “encrucijada de culturas que desbordaron las fronteras de España, para influir poderosamente en la cultura del Occidente europeo”, “ciudad de gran tradición cristiana, reflejada en sus monumentos artísticos” (Juan Pablo II), lugar en que “se forjó la unidad católica de nuestra patria española”, “ciudad de los Concilios que tanto influyeron en la cristiandad de Occidente”, lugar donde los mozárabes “defendieron su fe en medio de grandes dificultades”, y –¿porqué omitirlo?– también “ciudad de la fiesta del Corpus Christi en España, rotunda y luminosa expresión de la fe en la Eucaristía, culminación y plenitud de la vida cristiana en la tierra” (Card. Marcelo González), desde esta Sede Toledana, con estas señas de identidad que son su orgullo y razón, Juan Pablo II dirigió una llamada, un mensaje que sigue iluminando con la misma luz “los caminos del apostolado seglar en esta hora de gracia” (Juan Pablo II), en estos momentos en que apremia una nueva evangelización.

          La evangelización, dicha e identidad más profunda de la Iglesia, la nueva evangelización que nos urge, a la que Dios nos apremia hoy, está muy en manos de los fieles cristianos laicos, por su vocación específica, que los coloca en el corazón del mundo y al frente de las diversas tareas temporales son, particularmente, llamados a llevar a cabo la renovación de nuestro mundo, de la humanidad. No lo olvidemos, si no contamos con un laicado evangelizado y evangelizador no habrá Iglesia que evangelice ni mundo que se renueve en sus más profundas entrañas. Sin la mediación de los cristianos laicos, sin su apostolado propio y específico, es imposible la obra de la evangelización, que comporta llevar la luz de Cristo a los hombres y llenarlos de la “sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria” (1Cor 2, 7).

          Para ello es necesario, como enseñó Juan Pablo II muy cerca de aquí, volviendo a las “fuentes de la Palabra de Dios”, que tengamos muy presente al Apóstol de las gentes, San Pablo, que nos enseña “lo que significa ser apóstoles de Cristo; nos interpela para indicarnos que que exige la participación en la misión de la Iglesia”; y nos muestra “con un vigor especial que somos testigos de Dios en Jesucristo, y éste crucificado” (Juan Pablo II). Esto reclama un fortalecimiento cada día más vigoroso de la identidad cristiana: ser cristiano es ser discípulo de Cristo, vivir la vida de Cristo, ser en Cristo y con Él, ser persona de fe que profesa firmemente la fe de la Iglesia, “con la palabra y la vida, con una adhesión plena a Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, crucificado para nuestra salvación y resucitado por el poder de Dios … La primera actitud del testigo de fe es profesar esa misma fe que predica, dejándose convertir dócilmente por el Espíritu de Dios conformando su vida con la Sabiduría divina” (Juan Pablo II), que se nos ha revelado y entregado para vivirla en nosotros y la comunión de la Iglesia. “Hacer cristianos”, fuertes y gozosos de serlo, reaviva r la identidad cristiana, amasada y enraizada en una fuerte e inquebrantable eclesialidad, en todos es la gran tarea a la que nuestra diócesis debe entregarse por completo a través de una renovada pastoral de la iniciación cristiana. Acogiendo “lo que el Espíritu dice a nuestra Iglesia en Toledo”, y con la sabiduría que encontramos en Cristo y que nos viene por la gran Tradición de la Iglesia, debemos renovar, dar vida a toda la pastoral relacionada con la iniciación o reiniciación cristiana. En ella está en juego nuestro ser o no ser cristianos, el ser o no ser apóstoles, el evangelizar y dar testimonio o no.

          En este orden de cosas son muy iluminadoras las siguientes palabras del Papa Juan Pablo II: “No se trata de amoldar el Evangelio a la sabiduría del mundo. Con palabras que podrían traducir la experiencia de Pablo, hoy se podría afirmar: No son los análisis de la realidad, o el uso de las ciencias sociales, o el manejo de la estadística, o la perfección de métodos y técnicas organizativas –medios útiles e instrumentos valiosos a veces– los que determinarán los contenidos del Evangelio recibido y profesado. Y tanto menos será la connivencia con ideologías seculares la que abra los corazones al anuncio de la salvación. Como tampoco deberá dejarse seducir el apóstol por la pretendida sabiduría de los `príncipes de este mundo´, cifrada en el poder, en la riqueza y en el placer, que al proponer el espejismo de una felicidad humana, de hecho aboca, a los que sucumben a su culto, a una total destrucción” (Juan Pablo II).

            No hay otro camino, no hay otra vía: “¡Sólo Cristo! … En Él está ya la plenitud de lo que `Dios ha preparado para los que le aman´… Es ésta la ciencia sublime que preserva el sabor de la sal para que no se vuelva insípida, que alimenta la luz de la lámpara para que alumbre lo más profundo del corazón humano y guíe sus secretas aspiraciones, sus búsquedas y sus esperanzas” (Juan Pablo II).  És ésta la ciencia sublime que preserva el sabor de la sal para que no se vuelva insípida, que alimenta la luz de la lámpara para que alumbre lo más profundo del corazón humano y guíe sus secretas aspiraciones, sus búsquedas y sus esperanzas” (Juan Pablo II). Ésa es el alma de todo apostolado y que a veces olvidamos. “No existe, –diría aquel 4 de noviembre Juan Pablo II ante tantísimos que le estaban escuchando en vivo o por los medios de comunicación social –  no puede existir apostolado alguno sin la vida interior, sin la oración, sin una perseverante aspiración a la santidad … Estáis llamados a la santidad … florezcan ahora, en la época de la renovación eclesial del Vaticano II, nuevos testimonios de santidad entre los seglares de España” (Juan Pablo II). Hay que resaltar que “la nueva evangelización a la que estamos llamados ha de tener como primer objetivo el hacer vida entre los fieles el ideal de santidad. Una santidad que se manifieste en el testimonio de la propia fe, en la caridad sin límites, en el amor vivido y ejercido en las actividades de cada día” (Juan Pablo II, Canonización de san Enrique de Ossó, 16 junio 1993).

           A partir de aquí, con este enraizamiento en Cristo, con esta eclesialidad gozosa y vigorosa, con esta aspiración al ideal de santidad y a vivir en él, con esta identidad cristiana, es como los seglares verán potenciada, alentada y alimentada, su específica identidad de fieles cristianos laicos en el mundo a través de todas las experiencias y actividades humanas. Por lo demás, “no hay actividad humana alguna que sea ajena a la solidaria tarea evangelizadora de los laicos” (Juan Pablo II). Es vuestra hora, queridos hermanos y hermanas, fieles cristianos laicos. Es la hora del fermento del Evangelio para animación y transformación de las realidades temporales, con el dinamismo de la esperanza y la fuerza del amor cristiano.

            Once años más tarde de esta primera visita a España, en Madrid, en la misma línea de lo que dijo en Toledo, Juan Pablo II nos dirá a todos especialmente a vosotros los fieles cristianos laicos: “En una sociedad pluralista como la vuestra se hace necesaria una mayor y más incisiva presencia católica individual y asociada, en los diversos campos de la vida pública. Es por ello inaceptable, como contrario al Evangelio, la pretensión de reducir la religión al ámbito de lo estrictamente privado, olvidando paradógicamente la dimensión esencialmente pública y social de la persona humana. ¡Salid, pues, a la calle, vivid vuestra fe con alegría, aportad a los hombres la salvación de Cristo, que debe penetrar en la familia, en la escuela, en la cultura y en la vida política” (Juan Pablo II). “El Evangelio nos apremia a compartir toda situación y condición del hombre, con un amor apasionado por todo lo que concierne a su dignidad y sus derechos, fundados en su condición de criatura de Dios … La tarea primordial de los seglares católicos es la de impregnar y transformar todo el tejido de la convivencia humana con los valores del Evangelio, con el anuncio de una antropología cristiana que de estos valores se deriva”, particularmente en los campos de la familia, del trabajo, de las relaciones de fraternidad y justicia entre los hombres, de la política, y en el mundo de la cultura, una “cultura de la verdad y del bien, de la belleza y del progreso, que pueda contribuir al diálogo fecundo entre ciencia y fe, cultura cristiana y civilización universal” (Juan Pablo II).

          Éstas son algunas de las enseñanzas que nos dejó Juan Pablo II en su visita a Toledo. ¿Cómo no dar gracias? ¿cómo no alabar, bendecir y agradecer a Dios por Juan Pablo II, y en particular por aquella primera visita a Toledo y a España, y por el resto de sus visitas pastorales a esta “Tierra de María”, como le gustaba llamarle a él?. Su aliento y su ánimo sigue vivo entre nosotros, su palabra sigue animándonos, interpelándonos e impulsándonos, sigue con todo el vigor y fuerza de entonces, –si cabe más–, exhortándonos y pidiéndonos: “Ningún cristiano está exento de su responsabilidad evangelizadora. Ninguno puede ser sustituido en las exigencias de su apostolado personal. Cada laico tiene un campo de apostolado en su experiencia personal” (Juan Pablo II). No podemos tener miedo, ni arredrarnos, ni echarnos atrás. Él sabía que no tenemos miedo, que Cristo está con nosotros, que la Iglesia de los santos nos acompaña. Él se fiaba de los laicos, de entonces y de hoy. Así lo ratifican aquellas palabras suyas dichas en este barrio: “¡El Papa confía en los seglares españoles y espera grandes cosas de todos ellos para gloria de Dios y para el servicio del hombre!” (Juan Pablo II). Que aquella confianza de entonces, hoy sea ratificada por los fieles cristianos laicos de Toledo. Así lo pedimos por intercesión de la Santísima Virgen María, Nuestra Señora de Benquerencia.

                                                                                                 + Antonio Cañizares Llovera
                                                                                                    Cardenal Arzobispo de Toledo

 9 de noviembre de 2007